Gaceta de Estética. Año 3, Número 59. Del 22 de Septiembre al 5 de Octubre de 2014. Distribución Gratuita.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 59. Del 22 de Septiembre al 5 de Octubre de 2014. Distribución Gratuita.

La Paye des Moissonneurs, de León-Augustin Lhermitte

La Paye des Moissonneurs, de León-Augustin Lhermitte

Los Diarios de Lezama Lima

Incapaz de realizar por sí sola el programa que se le ha confiado, la palabra porfía en reclamar sentido fuera de sus márgenes. Ser que quiere ser el ser, el decir deviene modo de callar y el silencio, confundido con la nada en las fauces de nuestra cultura, terminó por exasperar a buena parte de los comentaristas, a quienes resultó más cómodo tildar de críptica la obra de José Lezama Lima, mientras la industria editorial buscó infructuosamente el ensayo en el ensayo y la novela en la novela del poeta. Sin embargo, es en el trasvasije de uno a otro género literario donde late, nítida, el habla del maestro.

Parapetado en sus diarios, el autor de Paradiso se apartó con ellos del anecdotario y compartió lo que le hacían sentir las ideas de filósofos y artistas. Decimos compartió porque, lejos del cuaderno guardado bajo llave, este supuesto cultor del hermetismo vivió charlando sobre esas páginas, cuyo primer volumen, que abarca desde 1939 hasta 1949, abre fuegos con un sentencioso “Descartes creía” y “prefiere aquellas leyes que se escriben en versos”. La libreta es, a la vez, tesis y manifestación de la voluntad que volcará en otros trabajos. Consciente y deseoso de ser leído, el joven responsable de la Muerte de Narciso no se conforma con el poema como resultado y quiere elaborar la trayectoria del mismo. Tal objetivo convierte desde un principio esos apuntes cotidianos en fértil astillero de las palabras que irán desembarcando en su futuro, como ocurre desde el comienzo, cuando evoca la controversia epistolar entre Voltaire y Federico II, que décadas después nutrirá los pasajes de La Cantidad Hechizada, tal como la consigna filosófico-religiosa relativa a que las cosas “han sido creadas, luego existen”, que anota el día 2 de marzo de 1941, recalarán en 1958 en Tratados en La Habana. ¿Críptico? No. La intuición de este anticipo la transparenta el diario: “el tiempo como aliado de los buenos escritores ha de engendrar una crítica de más exquisitos detalles, las vicisitudes históricas de cada frase, su muerte y su resurrección”. El sinceramiento va tan lejos que su viuda lo cercena antes de consentir la divulgación de lo que él concibió estrictamente público. Pero dos sueños escapan a las tijeras. En uno, tripula un toro del que se desprende justo antes de que la furiosa carrera le precipite hacia el abismo en que la bestia se bañará con su propia sangre. En otro, su mala puntería hiere de muerte a un cordero al que no logra arrancar la flecha del lomo. ¿Insignificancias? Tampoco. Es terrible pensar que el hombre está siempre eligiendo, confiesa el 29 de agosto de 1940, desvelándose ante la posibilidad de que “aun en el sueño la voluntad estuviese trabajando”. Bastante más breve, el segundo tomo de sus manuscritos incluye registros desde 1956 hasta 1958, es decir, de una época en que su producción ensayística y poética empieza a desahogarse.  He ahí la clave del giro operado en el tono de sus diarios, donde filósofos y artistas parecen retroceder ante el relato de circunstancias, porque, para entonces, la estela vivencial de Lezama Lima estará llevando sus maletas al ámbito teórico, como sucederá en Analecta del Reloj, donde todo argumento posible en torno a la metáfora procede, no de la tesis, sino de la persona concretamente habitada por el autor, por ese “apesadumbrado fantasma” que ha “nacido dentro de la poesía”

El Tiempo: ¿Abolirlo o Inventarlo?

Tiempo presente y tiempo pasado
se hallan quizá presentes en el tiempo   futuro
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente,
todo tiempo es irredimible.

   T. S. Elliot

Lineal o circular, en progresión o regresión, el tiempo es connatural a la narrativa, pues el hombre difícilmente concibe el relato sin un antes y un después. No obstante y con variados resultados, alcanzar su abolición ha sido ejercicio de plumas como la de Julio Cortázar, en Todos los Fuegos el Fuego, pero a fuerza de trasponer planos temporales que concatenan historias acaecidas en distintos momentos de una secuencia que, de igual modo, resulta lineal a nuestra cognición. Y es que el cerebro humano necesita de un ordenamiento para procesar lo que percibe, por más que la física intente hacernos entender que toda seriación temporal no es más que una quimera, o, en palabras de Einstein, que “la separación entre pasado, presente y futuro es una ilusión, aunque convincente”. La poesía, por su parte, que busca trascender anulando el tiempo histórico, resulta en una dimensión paralela de tiempos sincréticos, mucho más cercana que otros géneros a la concepción de, por ejemplo, las etnias originarias de Oceanía, cuyas lenguas, sin excepción, carecen de formas temporales y cuya expresión del mundo es siempre aquí y ahora, un ejemplo de que el sentido del tiempo no es universal. Constatando esto último surgen estudios según los cuales distintos grupos humanos elaboran diversas convenciones, incluso rituales, para estructurar los hechos en un tiempo cronológico objetivo que no es más que un tiempo sicológico subjetivo, a nivel de comunidades. El tiempo es también un constructo síquico, ya en la esfera del individuo, para el neurocientífico David Eagleman. Deudor de teorías de similar índole, desarrolló una serie de ensayos en los que determinados sujetos fueron sometidos a experiencias gobernadas por el miedo, intentando probar que tiempo y memoria están estrechamente vinculados, y ésa sería la razón por la que dichos episodios resultaban mucho más largos para tales sujetos que para quien conducía las pruebas. Expuesto a situaciones extremadamente novedosas, nuestro cerebro adquiere una mayor densidad mnemónica, es decir, retiene más información y este más abultado volumen de recuerdos resultante nos hace creer que aquéllas se han prolongado más de lo que los instrumentos de medición pretenden objetivar.

Ahora bien, desafiar a Cronos, el más terrible de los hijos de Gea, y hacernos del poder sobre nuestro tiempo, ¿con qué fin? ¿Abolirlo y alcanzar una suerte de trascendencia, libres ya del sesgo de una percepción secuencial? ¿O inventarlo, enfrentados voluntariamente a la novedad, para procurarnos una vida, a nuestro entendimiento, más larga?

Puño y Letra: Belén Gopegui

La escritura actúa siempre como proyección. Los sentimientos pensados en la literatura han sido los sentimientos pensados en la sociedad, y sólo la conjunción de factores de lucha, azar y militancia ha permitido a veces que, en el seno de sociedades capitalistas, la literatura dejase de transmitir el discurso de las clases dominantes y acertara a pensar, representar y escribir otra vida. Se trata entonces, y hasta que el discurso que una hipotética literatura pueda proyectar sea otro, de provocar esa conjunción de factores.

Rompiendo Algo.

La musa: Fernanda G.

La musa: Fernanda G.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 58. Del 8 al 21 de Septiembre de 2014. Distribución Gratuita.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 58. Del 8 al 21 de Septiembre de 2014. Distribución Gratuita.

 Leaving in the Rain, de Steve Hanks

 Leaving in the Rain, de Steve Hanks

Pronunciar el Cuerpo

Un día las ideas, acostumbradas a salir de entre los labios para dejarse oír, comenzaron a brotar desde la parte más filosa de los dedos, haciéndose ver. La representación de aquéllas moría al nacer, mientras la de éstas sobrevivió incluso a sus autores, gracias a una técnica de embalsamamiento del vocablo capaz de situar a los hombres fuera de los hombres. Desde el jeroglífico en adelante, una parte de la voz, el sonido, resucitaría hecho espíritu a través de ese proceso de progresiva abstracción que, al convertirse en alfabeto, incluye el alma entre las mercancías transportables. Si el viaje va de la prioridad simbólica a la sígnica, como de la pérdida del peso expresivo del cuerpo a la reglamentación del mismo, tal posibilidad represivo-normativa ha consistido en modelos de reconstrucción anatómica.

En el caso de los antiguos trazos egipcios, tan frecuentes en templos y sepulcros, la tradición sincrética realiza su plan acoplando la fisonomía humana al atributo de otras formas esquematizadas de la naturaleza. En cambio, el sistema fenicio adapta la silueta de lo referido por sus letras a figuras geométricas, es decir, pasa de la estandarización del dibujo a esa estandarización de la estandarización que conocemos como letra, mientras los ecos antropomórficos de inspiración más directa viven en la muerte: los sarcófagos. Hasta ahí, el cuerpo se ha ido diluyendo en el código y éste, al pasar al arcaico griego, no hará sino radicalizar la tendencia, aunque invirtiendo los términos del paisaje concebido fuera de la escritura. Los notables del mundo helénico no son eternizados en una envoltura, sino quemados y creados de nuevo en esculturas que quedan a la vista y que persiguen, obsesivamente, retratar con detalles el aspecto humano.

Muy distinto es, a ese respecto, el acervo anatómico hindú a la hora de recurrir a sus manifestaciones plásticas. Canonizadas en los Silpa Sastra, se asemejan a la más estricta caligrafía cuando se trata de fijar los rasgos de personalidades sagradas. Subrayando esta diferencia frente al sello ateniense, Abanindranath Tagore plantea que el modelado de impronta bengalí ha de cumplir con el objetivo de hacer palpable lo sobrenatural. “Un cuerpo humano perfectamente normal poco puede simbolizar a los personajes de un mundo semejante. Sólo un tipo ideal, cuyas formas no respondan a las leyes fisiológicas conocidas, puede hacerlo”, observa el pintor en sus Notas. La estética de la irrealidad, que extiende su reino desde el diseño antiguo al contemporáneo en esa cultura, es un enraizado tributo a la imaginación en tanto causa de lo perfecto. En ese sentido, la búsqueda zooantropomórfica, tan observable en otras sociedades, adquiere aquí el peso de la exageración, de suerte que el contorno del ojo se ajustará al de un pez, el del rostro al del huevo de una gallina y el de los senos renunciará a toda proporción admisible con tal de disputar a la luna su tamaño, esfericidad y, sobre todo, la gravedad flotante que al tensar la piel regala a la vista su claridad brillante. Iluminada por la humanidad, esta esquina del arte se hará cargo de crear a las divinidades. La factura imposible engendrará lo impasible. Inclinados hacia la izquierda los dioses y hacia la derecha las diosas, la disposición pareada los deja al borde del beso y de los labios, de entre los cuales cada día vuelve a salir la idea para dejarse oír cuando desde los dedos brota filosa la figura, pues para pronunciar el cuerpo hay que pronunciar el cuerpo. 

El Yo Objeto y el Tiempo

Un ejercicio de data sólo mediana en la vida del hombre y en el arte es el intento por pasar de observador a ente observado, por lo general no en términos excluyentes, sino deviniendo objeto sin dejar de ser sujeto, volcar la mirada sobre quien mira, convirtiendo el acto estético en un círculo, aunque Borges, por ejemplo, haya elegido la línea recta: cruzar la calle, mirarse desde la acera de enfrente y referirse a sí mismo en tercera persona, en Borges y Yo. Distinta opción tomó Neruda en su Autorretrato, poema que pasa de la simple prosopografía, “duro de nariz,/ mínimo de ojos, escaso de pelos/ en la cabeza, creciente de abdomen,/ largo de piernas”, a la descripción vía etopeya contenida en los versos “inoxidable de corazón”, o “incansable en los bosques, /lentísimo de contestaciones,/ ocurrente años después”. Aquéllos dando cuenta del ser cosificado, y éstos del ser complejizado. O, desde otra perspectiva, los primeros acotados a un momento; los últimos articulados con el paso del tiempo.

Para cuando el hombre tomó conciencia del yo y el otro, es decir, para cuando daba un paso adelante en su proceso de maduración como especie, estaba aún en pañales en materia de manifestaciones artísticas; debió esperar aun varios siglos para desarrollar las artes, y lo hizo desde una nueva infancia, iniciando ahora un lento crecimiento que dejara atrás la representación del mundo observado y diera paso a la de sí mismo, el ‘estadio del espejo’ del arte, en términos lacanianos. La pluma escogieron unos; el pincel, otros, para plasmar la propia figura, cuando menos según refiere la historiografía del autorretrato, el más antiguo de los cuales dataría de la Edad Antigua y habría sido concebido en Egipto. Hoy las disciplinas plásticas, sometidas por la historia a diversas tendencias y estilos, parecen haberse acercado a una búsqueda tradicionalmente asociada a la literatura, cuando el pintor pretende capturar no sólo sus rasgos, gestos y expresiones, sino también la atmósfera vital que le acompaña para volcarla sobre la tela. Ejemplo de ello son los varios autorretratos de Pablo Picasso, concebidos en el curso de 78 años, y en los que pasea por el cloisonismo, la pintura figurativa, el cubismo o el expresionismo extremo. En unos representó su rostro, su mirada; en otros expresó su postura ante la vida y el arte. Pero son y seguirán siendo instantes atrapados en color; una seguidilla de ellos podría quizá constituir un retrato del ser, lo que una autobiografía consigue -o debería conseguir- en una obra única. Son la representación de un momento en la pintura y la de una vida en las letras, o, dicho de otro modo, la sincronía del autorretrato y la diacronía de la autobiografía, dos abordajes complementarios, que no opuestos, del yo en el arte.