Gaceta de Estética. Año 3, Número 54. Del 14 al 27 de Julio de 2014. Distribución Gratuita.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 54. Del 14 al 27 de Julio de 2014. Distribución Gratuita.

René Magritte Dormido en una Banca, de Steve Shapiro. 
 

René Magritte Dormido en una Banca, de Steve Shapiro. 

 

El Camino de Caperucita

Cuando la contienda de la Academia Francesa en torno al valor de las letras clásicas estallaba en el rostro de Charles Perrault y los cuatro tomos de su Paralelo entre Antiguos y Modernos le convertían en 1688 en protagonista y víctima del fuego cruzado, el celebérrimo narrador de palacio preparaba ya una nueva arremetida. Si las firmas deLa Fontaine, Boileau y La Bruyère dieron peso en la querella a las tesis nostálgicas, el autor de Los Muros de Troya volvería a dejar sin presente a los griegos, arrebatándoles la ironía para introducir, en 1694, la cuarta edición de sus cuentos en verso. “Como tengo que habérmelas con mucha gente que no se contenta con razones y que no puede ser convencida sino por la autoridad y el ejemplo de los antiguos, voy a satisfacerles al respecto”, advierte, antes de denostar, entre otras, la historia de Psiqué, “que no fue hecha más que para agradar, sin consideración a las buenas costumbres”.

El examen de sus relatos indica hasta qué punto la insistente alusión a la moraleja aleja la moral de las pautas de la época para la fábula. Perrault simula aplaudir la “virtud recompensada” y “el vicio castigado” de la tradición oral inmediatamente precedente, pero lo cierto es que cuando afirma que se ha impuesto no escribir cosa alguna “que pueda herir el pudor o el decoro”, léase exactamente lo contrario. Temprana señal de ello encontramos en Piel de Asno,  cuento cuyas estrofas llevan a un rey que enviuda a desear a su hija. Tras cumplir él con todos los regalos que ella le pide, asesorada por un hada que busca evitar la unión incestuosa, ésta es apenas evitada por la casualidad, y no por la causalidad: la anecdótica aparición de otro príncipe que se enamora de la moza. La boda socialmente esperable tiene lugar con la bendición del feliz padre, quien ha olvidado sus apetitos por obra y gracia del tiempo y no por arrepentimiento o miedo a la impensada condena. Una operación análoga asoma en la prosa de Caperucita Roja. La versión que mucho más tarde escriben Jacob y Wilhelm Grimm no difiere de la primera simplemente porque ésta cobre la vida del personaje principal y la segunda termine salvándola. En realidad, el papel de la Abuela es clave, porque, si de enseñanzas se tratase, ¿qué desliz habría cometido la anciana enferma como para que una cruzada ejemplarizadora derivase en que fuese devorada por el Lobo? Ninguno. La gratuidad del hecho invocado anula toda suposición de causa de los males. En cambio, la idea de castigo a la niña producto de haber desobedecido las recomendaciones de la madre no puede aplicarse más que a la obra homónima publicada en 1812 por los filólogos germanos. En la breve obra de Perrault, Caperucita no recibe consejos, sino órdenes. Como la aparición del príncipe en Piel de Asno, la del Lobo es azarosa y no consecuencia necesaria. La protagonista, engañada por el disfraz del animal, acata instrucciones, como antes ha hecho con su madre, quien es una “buena mujer”. La fiera le dice que se acueste a su lado y Caperucita “se desnuda” para entrar en la cama.  La pobre bestia devora a la Abuela en un santiamén, “pues hacía más de tres días que no había comido”.  Si aquí el nexo causal exime de culpa al Lobo, la historia premia la genialidad de su mentira, así como recompensa el minucioso crimen primero con el segundo… disfrutar, impunemente, de la niña “más bonita que se pudo ver jamás”.

La Polaridad del Ser

Mujer para algunas culturas, hombre para otras, la Luna es en las más diversas tradiciones representación metonímica de la noche, y ocupa un extremo del lazo en cuyo opuesto se instala (consecuentemente, masculino o femenino) el Sol, como materialización del día. La idea recurrente de la persecución que protagonizan estos astros por el firmamento lleva implícito, para algunos grupos humanos, el castigo que el hombre intenta aplicar a la mujer por una traición que también presenta variados matices entre una latitud y otra, pero que las hermana en la instauración del patriarcado. Aunque se saludan al cruzarse de lejos, durante el crepúsculo y al alba, tampoco se dan alcance Noche y Luz de Día en el “gran vestíbulo de bronce” que Hesíodo describe en la Teogonía, pues “cuando una va a entrar, ya la otra está yendo hacia la puerta, y nunca el palacio acoge entre sus muros a ambas”. Análogas interpretaciones vierte la mitología selknam, así como la vikinga y la de los inuit, aunque para estas dos últimas, Sol, procreador, es mujer y Luna es hombre. Lo que sí trasciende a una y otra culturas es la explicación de la vida a partir de dualidades: la luz y la oscuridad, el cielo y la tierra, el bien y el mal, el todo y la nada. El mismo origen del mundo se ha explicado a partir de la lucha entre el caos y la calma. Cada uno carece de las características de la contraparte; se definen, pues, por oposición, y esto es, precisamente, lo que los une en una relación de necesidad ontológica: ser lo que el otro no. Ser porque existe un otro.

El Cuarto Gran Principio Hermético contenido en el documento anónimo llegado a nuestros días como Kybalión, encuentra solución en el concepto de polaridad, según el cual calor y frío son los extremos de un mismo lazo y temperaturas intermedias son grados, expresión de mayor o menor proximidad a uno de ellos; entre la luz y la oscuridad está dispuesta toda una gama de matices que denominamos colores. A nivel de signo lingüístico, lo propio hicieron el positivismo y el estructuralismo de fines del siglo XIX y principios del XX, aislando el significante en unidades mínimas distintivas, noción que encontraría en los “pares en oposición fonológica” del lingüista ruso Nicolai Trubetskoi el correlato de este definirse en función de un opuesto. En los estudios semánticos son los rasgos de significado los que acercan o distancian conceptos como frío y calor, que la cosmovisión taoísta asocia, respectivamente, al Ying, la fuerza negativa, femenina y húmeda, y al Yang, la fuerza positiva, masculina y seca, que, sin embargo, se buscan. La desaparición del opuesto que nos define y justifica es también la nuestra. Que Helios dé caza a la Luna, desandando eslabón a eslabón la cadena que los une, desatando nudo a nudo el lazo que los separa, significaría ni más ni menos que la negación de su propia existencia, un encuentro que, en este caso, podría apagar para siempre el Sol y la Luna.

Puño y Letra: George Steiner

 

El poeta es hacedor de nuevos dioses y conservador de hombres: Aquiles y Agamenón viven todavía; la gran sombra de Áyax arde aún, porque el poeta ha hecho del discurso un dique contra el olvido, y la muerte desgasta sus dientes contra la palabra.

 

Lenguaje y Silencio

La musa: Natalia H.

La musa: Natalia H.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 53. Del 30 de Junio al 13 de Julio de 2014. Distribución Gratuita. SEGUNDO ANIVERSARIO.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 53. Del 30 de Junio al 13 de Julio de 2014. Distribución Gratuita. SEGUNDO ANIVERSARIO.

Lily the Deep One, de Natalie Shau. 

Lily the Deep One, de Natalie Shau. 

Rendir Culto y Rendirse

Durante el solsticio de verano, la luz natural asoma su hemisférico rostro extendiendo los brazos exactamente a través del eje sobre el cual se yergue Stonehenge. Allí, a cinco milenios de distancia, los bloques concéntricos de arenisca testimonian a los hombres que arrancaban el pétreo material a la montaña para dar vida a otra. Es que entonces los creadores todavía morían y, por tanto, se rendía tributo a esa condición en la persona de los ancestros, cuyo último hálito aún respiraban. La cotidianeidad fue conducida por esos espíritus; es decir, por el recuerdo de lo que los humanos seguían siendo. Eso hasta que tales mecanismos de certidumbre, anclados en la más concreta pulsión del asentamiento, tropezaron con la existencia de antepasados análogos, pero cuyo arraigo se hallaba en terceros grupos. Así, el pretérito resultaba lo suficientemente imperfecto como para inaugurar otro y fundar, entre las tribus, esa contienda que va del venir al porvenir, negación de la materialidad del tiempo que pasa del espíritu a la idea del espíritu, al juicio sobre el mismo, a esa absorción de aquéllos por éstos, a eso que llamamos jerarquía y de la que  nacen los dioses. Capaces de explicar fenómenos genéricos, las divinidades hicieron llover sobre varios poblados a la vez y fueron dueñas de una eficacia que proporcionaba sostén ideológico a formas de poder igualmente abarcadoras, en que la subsistencia de lo peculiar quedaba supeditada a la insistencia de lo universal.

Pero más tarde el culto a Urano y Brahmā tampoco dio abasto para cumplir el ruego ritual en todo el territorio, cuya expansión había ido de la mano de la supresión de la creencia por su opuesto, la religión. Mientras espíritus, primero, y dioses, después, comenzaban a titubear frente a los requerimientos gnoseológicos de la urbe, la ciencia iniciaba un reinado que sustituiría el ceremonial de los ancestros por las incisiones sagitales a sus restos. Si el futuro estuvo alguna vez en duda, la irrupción del credo empirista lo proyectaría con las más sofisticadas técnicas del embalsamamiento. Qué importaba si el método científico y sus cuatro pasos no eran sino otra imposición de sacramentos; el nuevo rezo retomó la tradición del cuerpo, ampliando su sustancia en aras de un saber que reemplazaría la creación de seres por la producción en serie. Con la certeza al servicio de la industria, la urbe seguiría creciendo y, conforme desembocaba en Estado e Imperio, el habitáculo posible ya no se recreaba a sí mismo y servía, en cambio, a un señor invisible, inorgánico, desprovisto de los bienes recreados cuando se dio muerte a los creadores. Si una fase de la enajenación había fundado el futuro, la siguiente aboliría el presente y, ya sin materia táctil de la que aferrarse, el estado transitorio de la ciencia debió circunscribirse al imperio de la filosofía, que se arrogaba al fin los atributos de lo imperecedero. El culto a la evidencia había dado lugar, así, al de la negación de lo manifiesto. El discurso racionalista, en sus esferas científica y filosófica, ha pretendido crear una nueva montaña, sacándola de debajo de la manga, para situarla al lado y más arriba de la antigua. Los hombres de Stonehenge pusieron la suya a un costado y más abajo, pero sabiendo que la materia salía de la misma. En su proclama de originalidad y progreso, la empiria de la ciencia fue a los espíritus lo que la abstracción filosófica a los dioses. La diferencia es que mientras el saber antiguo brindó culto a los hombres, el actual ignora lo que son los hombres y dedica su plegaria al método; se ha rendido al rendir su culto al culto. 

Texto y Textura

Entre escrito y texto no hay una relación de correspondencia necesaria. Mientras el primero acoge toda forma resultante de la acción de escribir, el segundo supone una disposición de elementos tal que dé testimonio de coherencia, un entramado de voces, giros y peripecias como argumento probatorio de su cohesión, que, en definitiva, evoque su étimo. La raíz indoeuropea teks, cuyo significado es ‘fabricar’, ‘urdir’, ‘tejer’, derivó en formas que acuñan varios conceptos suficientemente familiares como para distanciarnos de la idea primigenia que pretende describir, pero aún es capaz de filtrarse al español y transmitir parte de sus matices de significado. Al griego pasó como τέχνη ‘arte’, ‘habilidad’, y como τέκτων ‘obrero’, ‘constructor’; legado del latín son, por su parte, a través del verbo texere, ‘tejer’, ‘tramar’, los términos ‘texto’ y ‘textura’. Incluso más, transitando por el italiano, se nos tributó tesitura, voz que define la voz según su amplitud tonal. Todos ellos, ramas de una genealogía semántica capaz de explicarnos, por conocimiento o mera intuición, por qué una pieza literaria nos resulta acabada o fragmentaria.

 En la arena pictórica, la imagen suele trasuntar, más allá de la obvia percepción táctil de la tela que sostiene una obra, la idea de textura, entendida como la sensación que provoca en el observador este nexo entre las partes que componen el cuadro, formas, colores, sombras, y que es sometida a nuestra decodificación sensorial por la vía de lo que algunos teóricos han denominado tacto visual. Y es que la idea de continuidad en una pintura está dada por la presencia de variaciones que la vista detecta en ella, pero integradas al conjunto. Tiene lugar, así, el acto estético, que provoca, en sentido literal, es decir, llamando afuera al observador, lo que Virginia Woolf llamó “flechas de sensaciones”. Si a la destreza del pintor para vincular fragmentos podemos llamarle textura, texto será, pues, el todo, en tanto relato visual. Del mismo modo, puesto a tejer con palabras, texto es al que da vida un escritor, pero serán su genio y estilo los que deberá poner al servicio de una urdiembre que imprima textura narrativa a su obra, sea a nivel de descripción o de acción, sea en el diálogo o instalando personajes y experiencias en el paisaje. Es la abolición, por parte del artista, de la relación de antítesis entre ‘unión’ y ‘unidad’, para convertirla en una relación causal: la unión de las partes, debidamente urdidas, dotadas de una textura que trasunta homogeneidad y cohesión, significa el nacimiento de una nueva unidad, incluso cuando reúne opuestos, como Flaubert en La Educación Sentimental, al describir los amores infantiles “que tienen a la vez la pureza de una religión y la violencia de una necesidad”.