Gaceta de Estética. Año 3, Número 56. Del 11 al 24 de Agosto de 2014. Distribución Gratuita.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 56. Del 11 al 24 de Agosto de 2014. Distribución Gratuita.

La Muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David. 

La Muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David. 

Los Ojos de Dora Maar

En un lecho nunca compartido

En las venas de las sienes

Como en las puntas de los senos

La vida se resiste

Los versos añadidos a pulso por Paul Éluard sobre el ejemplar de Donner à Voir que enviara en 1939 a la fotógrafa francesa, retratan fielmente a la habitual cómplice de los delirios del Café de la Place Blanche, pero, sobre todo, pintan el cuadro de la inasible relación entre la autora de Onírico y la pléyade surrealista de la que ella se retiraría con la misma facilidad con la que había entrado para convertirse en uno de sus referentes.

El suave arco de las cejas de Dora Maar es tributario de la sombra nasal y desemboca en las sienes, tensando la profundidad de esos ojos de discutidísimo color que educaron su mirada bajo la égida de consigna geometrista de André Lothe en Montparnasse. Por esa escuela desfilaron las lentes de William Klein y de Henri Cartier-Bresson, así como los pinceles de Jacqueline Lamba, quien se ganaba la vida posando cuando la Leica de su amiga de infancia inmortalizó su desnudez, como hizo con la de Nusch, la de Assia y la propia, en una época en que poblaban París los certeros disparos de Lee Miller, Nora Dumas, Gisèle Freund y Germaine Krull. “La repetición constituye una falta grave”, advertía el Tratado del Paisaje del maestro, y la brillante discípula desarrollaría una particular arista de esa sentencia, explorando “lo extraño en lo cotidiano”. La idea calzaba con el surrealismo de sus amigos, pero iba bastante más lejos, hasta alcanzar los ojos tal como aparecen presidiendo la estatura de su ininterrumpida piel en el Autorretrato que compuso en 1938. Allí la textura imprime al cuerpo, asomando por un dintel, el semblante escultórico que obliga al lector de la imagen a escalar hasta la mirada, provista de una tenue penumbra que la subraya y que detiene la búsqueda del observador, como si Dora Maar hubiese salido a aguardarla. Un proceso semejante se había desencadenado, dos años antes, en Los Años os Acechan, donde el encuadre se cierra sobre el rostro de Nusch para recibir, vía montaje, una telaraña cuya intimidante arquitecto posa, como las musas, en el entrecejo. La misma idea desplegó, durante esa década, con Mujer (perfil picassiano), en que, acudiendo de nuevo a la superposición de tomas, la cara se desdobla ante sí para juntar el ojo izquierdo en dos versiones de la mirada perdida: de frente y de costado. “Lo que estaba bien en este medio es que consideraban a la mujer muy en serio”, recordaría más tarde. El elegante y frontal reproche al grupo surrealista aludía, pues, a todo lo demás: a una pirotecnia cuya consigna olvidaría progresivamente a la persona que la inspiraba. El 3 de abril de 1935, en el marco de la conferencia que daría en Praga, André Breton y sus camaradas firmaban una elogiosa misiva a la fotógrafa que no estaría con ellos. Pero era inútil. Hacía dos semanas que la destinataria había escrito a Lamba una carta en la que estimaba “absolutamente imposible hacer nada junto a nadie”. Y ese nadie sería, meses después, y por años, Pablo Picasso, con quien trazó, una y otra vez, en sales de plata y sobre lienzos, su propia esquizofrenia, mientras Breton era encarcelado y Éluard y Nusch debían esconderse durante la nada surrealista ocupación nazi. Las fotografías y cuadros de Dora Maar apuntan a los ojos, aunque no tanto a los suyos como a los de quienes contemplen esos retratos. La vieja invitación a verse visto excluye aquí todo truco, y la exigencia de expresar lo irrepetible se cumple proponiendo la mirada, la nuestra, como imagen. 

Parientes por Intercambio Ritual

Sacudirse una particular visión de mundo para abordar la de otros, dejando de lado no sólo preceptos culturales sino las propias categorías de análisis, parece ser el más grande reto de los estudios antropológicos, en los que, como en ninguna otra disciplina, objeto y observador son una misma realidad. En la trampa de intentar alejarse del primero para alcanzar cierto grado de objetividad, cayó Lévi-Strauss cuando postuló la existencia de estructuras universales que trascendían a los modelos culturales, incluidas las de esas lenguas que le impedían comunicarse con las tribus que buscaba describir. Pero lo que finalmente hizo, en la opinión de Clifford Geertz, fue crear una “máquina infernal de la cultura, que aniquilaba la historia y lo engullía todo a su paso”. Pretendiendo distinguir, otros, al igual que el etnólogo francés, acabaron por forzar correspondencias. Herederos de este enfoque, los estudios del parentesco que abordaban el ámbito relacional y jerárquico a partir de patrones de filiación y alianza, encontraron piedra tras piedra en su camino, pues ni el sexo de los miembros de una comunidad determinaba siempre de igual modo la terminología del parentesco, ni eran la concepción y el matrimonio las únicas vías originadoras de estos lazos.

Es el caso del mapuche que puede llegar a integrar como hermano, en términos absolutos, a quien los supuestos euroamericanos llamarían “amigo”. Incluso establece categorías léxicas que incorporan el sexo del beneficiario de su afecto: peñi es el hermano de un ego hombre, ñaña es hermana de ego mujer, pero lamgnén es el hermano de ego femenino, y viceversa. Otro, y tal vez mejor ejemplo de la naturaleza diversa de estos vínculos, es el complejo estatus relacional de la machi o el machi, que durante su rito de iniciación, o machiluwün, contrae matrimonio con espíritus guía. Según la observación y registro de la antropóloga Mariella Bacigalupo, “el intercambio ritual de sangre (molfuñ) y aliento une a los machi, a los animales y a los espíritus en relaciones de parentesco” que superan “los lazos de sangre del parentesco biológico”. Pañuelos, collares de kopiwe y llankalawén, trapelacuchas y el balanceo de la iniciada alrededor del rewe y al son del kultrún, son expresiones que buscan seducir al espíritu que la desposará, convirtiéndose en su fileu a través de una alianza que integra sus atributos individuales y que, si bien es indisoluble, no desdibuja la frontera entre la persona y el alma de la novia machi; otro parámetro diverso, en el que “posesión” refiere a la idea de trance y no de pertenencia, como es habitual en el modelo patriarcal mapuche. Es la dimensión simbólica reflejada en el tejido relacional de una cultura, erigiéndose en clave para su abordaje; una que aporte al análisis de la visión que determinado grupo tenga del hombre y su medio, y del hombre en su medio; una en la que, por ejemplo, animales y espíritus son también sujeto posible en las relaciones de parentesco. 

Puño y Letra: Hélène Cixous

Al principio, adoré. Lo que adoraba era humano. No personas; no totalidades, no seres denominados y delimitados. Sino signos. Parpadeos de ser que me impactaban, que me incendiaban. Fulguraciones que llegaban a mí: ¡Mira! Yo me abrasaba. Y el signo se retiraba. Desaparecía. Mientras yo ardía y me consumía entera. Lo que me sucedía, poderosamente lanzado desde un cuerpo humano, era la Belleza: había un rostro, en él estaban inscritos, guardados, todos los misterios, yo estaba delante, presentía que había un más allá al que no tenía acceso, un allá sin límites, la mirada me oprimía, me impedía entrar, yo estaba afuera, en acecho animal. Un deseo buscaba su morada. Yo era ese deseo. Yo era la pregunta. Destino extraño de la pregunta: buscar, perseguir las respuestas que la calmen, que la anulen. Si algo la anima, la eleva, la incita a plantearse, es la impresión de que el otro está allí, muy cerca, existe, muy lejos, de que en algún lugar en el mundo, una vez cruzada la puerta, está la cara que promete, la respuesta por la cual uno continúa moviéndose, a causa de la cual uno no puede descansar, por amor a la cual uno se contiene de renunciar, de dejarse llevar; a muerte. ¡Qué desgracia, empero, si la pregunta llegara a encontrar su respuesta! ¡Su fin! 

La Llegada a la Escritura

La Musa: Catalina O.

La Musa: Catalina O.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 55. Del 28 de Julio al 10 de agosto de 2014. Distribución Gratuita.

Gaceta de Estética. Año 3, Número 55. Del 28 de Julio al 10 de agosto de 2014. Distribución Gratuita.

Paraguas, de Marie Bashkirtseff. 

Paraguas, de Marie Bashkirtseff. 

Sombras en la Luz

Yo soy una parte de aquella parte que al principio era todo; una parte de las Tinieblas, de las cuales nació la Luz, la orgullosa Luz que ahora disputa su antiguo lugar, el espacio a su madre la Noche.

La memorable presentación de Mefistófeles ante Fausto, que activaba en 1808 los más eficaces mecanismos de censura religiosa sobre Goethe, dirigía el mismo dardo al cientificismo y brindaba, desde la estética, actualidad a un viejo debate cuya esencia habita nítidamente en el concepto de apagado que subyace a la expresión nirvāna. Y es que el haz luminoso, en virtud del cual aquello que llamamos objeto supuestamente devendría en estímulo visual, implica, a la vez, por obra y gracia del encandilamiento, su negación. Así, el bodhisattva o persona encaminada hacia la condición de buda podría alcanzarla sólo en la medida en que logre asimilar la experiencia de sentir hasta el punto de no sentir. Fausto quiere saber y, en ese empeño, las Tinieblas no son el costo a pagar, como pretende la tradición popular en la que descansa la presión eclesiástica ejercida sobre el autor germano, sino la ruta que abre paso al conocimiento.

Significativo es, en ese sentido, el hecho de que a la Ilustración se haya llegado teniendo como precedente, entre otros, a Descartes, pues éste, mucho antes de señalar los términos que darían cuerpo a su sistema, había advertido en su juventud que “al penetrar en este teatro del mundo, en el que hasta ahora he sido espectador, avanzo enmascarado”. La idea de progreso, asociada al antifaz por el aún joven pensador, calaría hondo en su posterior trabajo filosófico. El orden social de la era de los descubrimientos se inclinaba ante la divina luz que fulguraba en la medida exacta en que hacía oscurecer: la condena a Galileo derivó en el terror que condujo al francés a retirar El Mundo de la imprenta. Al revés de la Iglesia, y en línea con la estrategia búdica, la cartesiana recurrió a las tinieblas para sobrevivir y para alumbrar. “He intentado explicar las principales leyes establecidas por Dios en la naturaleza en un tratado que algunas consideraciones me impiden publicar”, anotó, aludiendo así a la obra autosecuestrada, en su Discurso del Método, cuyo nombre, igual que su estilo fabulista, buscaba en 1637 esquivar las fauces de la Inquisición. En la acera epistemológica, en tanto, una década antes el filósofo había constatado, a partir de la investigación empírica, que el modelo matemático ni siquiera explicaba la física y que, por tanto, valía más una hipótesis imaginada para indicar causas como si fuesen verdaderas, que atribuir a lo visto el carácter de intuición inmediata. Por eso su Tratado de la Luz infiere la luminosidad solar de la llama que entibia su casa. Para saber hay que parpadear. Lo que ha de conocerse aparece recubierto por el haz lumínico que, sin embargo, es constitutivo del objeto. La mirada ha olvidado en la luz las sombras que también muestran el fenómeno al que atendemos. En el afán por asimilar lo visto ya no recordamos quién era la madre de la luz; olvidamos tanto lo observado como esa luz que, para subrayar su existencia, convirtió al objeto en su máscara.

La Anónima Ruta de Walser

“Y si alguna mano, una circunstancia, una ola me levantasen y llevasen hasta las alturas donde imperan el poder y la influencia, yo mismo destrozaría las circunstancias que me hubieran favorecido y me arrojaría a las tinieblas de lo bajo e insignificante”.

Mientras el mundo se alistaba a presenciar los grandes baños de sangre del siglo XX promovidos por el dogma del progreso, Robert Walser emprendía en sus escritos largas caminatas sin rumbo y en solitario, revalorando las pausas y la fascinación por la persona. Y quizá sea precisamente la novela El Paseo uno de sus pocos actos de dependencia de sí mismo, ese deambular introspectivo del que emergieron personajes que lo retratan: el escapismo, la veneración de la existencia en las sombras, la nostalgia y melancolía por los paisajes ocultos del alma y la siempre presente tensión entre lo rural y lo urbano. Aseguraba que “es en lo cotidiano donde residen las verdades auténticas”, donde puede perfilarse “la verdadera belleza”, alejada de la perfección idealizada. La civilización y la técnica son, según el autor suizo, los ambientes que dan cabida al desencanto y la corrosión, y a sus “héroes” opone personajes “buenos para nada”, que añoran perderse en las posibilidades de anonimato ofrecidas por las convenciones contemporáneas. Así, en Jakob von Guten, de 1909,retrata a un estudiante internado en un centro de formación de esa juventud servil que egresará para hacer realidad la voluntaria esclavitud. “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada”,advierte el protagonista, convencido de que acabará siendo“un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola”.

Autoconfinado en un sanatorio mental de Berna a los 51 años, por oír voces y ver lo que no existía, el atormentado narrador ya había dejado esa aguda lucidez en manos de sus personajes, para que ellos asumieran la responsabilidad de comunicar sus premonitorias sentencias sobre la sociedad de su época. Walser, en cambio, optaría por registrar los escondites de la realidad, expresados en sus emblemáticos e indescifrables Microgramas, antes de recluirse, por voluntad tal vez tan propia como la del estudiante cuya imaginación inmortalizó, en los institutos siquiátricos. Pero tampoco entonces el escritor escaparía de los anticipos brindados por su obra, pues la Navidad de 1956 le encontró muerto, producto de un ataque al corazón, y tumbado contra la nieve, luego de haber salido a una de sus tantas excursiones. Sus días terminaban tal como había empezado su literatura: uno de los protagonistas de Los Hermanos Tanner, su primera novela, es hallado sin vida, desplomado y cubierto de nieve, en medio de un bosque por el que, tal vez señalando el rumbo a su creador, daba un paseo.